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Foto: Manos Unidas

Llevo ya algunos años ejerciendo el noble oficio del periodismo y una de las cosas que más me gusta de mi trabajo es poder ejercer de portavoz entre quienes tienen algo que contar y la sociedad.

A veces es un verdadero orgullo poder hacer eco de lo que mi grabadora recoge y mis oídos escuchan, pues hay historias realmente tremendas que si no se cuentan están condenadas a permanecer en el olvido.

Ese es el caso de la situación de millones de personas en el mundo que habitan lugares donde el derecho a la salud no existe y sobreviven gracias al valor de médicos, misioneros y ONG que trabajan allí.

Precisamente para cambiar esta situación Manos Unidas ha puesto en marcha su nueva campaña: “La salud derecho de todos: ¡Actúa!”, que pretende aunar esfuerzos para que en 2015 se cumpla el sexto Objetivo de Desarrollo del Milenio: combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades olvidadas  y prevenibles.

Si hablamos de cifras, hablan por sí solas. Según Manos Unidas, el 97 por ciento de las muertes por enfermedades infecciosas se producen en los países menos desarrollados. Por ejemplo, a finales de 2010 había 34 millones de personas afectadas con el VIH en el mundo, de las que 22,6 millones vivían en África subsahariana.

La malaria es otra gran lacra que sopesan 216 millones de enfermos en todo el mundo, aunque una gran mayoría se encuentra en África.

Otra de las enfermedades más extendidas por el globo es la tuberculosis. Más de 2.000 millones de personas, un tercio de la población mundial, están infectadas con el bacilo de la tuberculosis.

Por otra parte están las llamadas “enfermedades olvidadas”, que se conocen así, porque “no son rentables”, según alerta Manos Unidas. Estas son el chagas (que afecta a entre 15 y 17 millones de personas anualmente); la enfermedad del sueño (una amenaza para 60 millones de africanos); la filariosis linfática (con un millón de casos nuevos cada año); y la lepra (que registró 228.474 casos nuevos en 2011).

Pero quizá en esta sociedad tan acostumbrada a oír cifras que van y que vienen, que pasan por delante de nosotros sin detenerse, fugaces, efímeras, meros números para este frenético ritmo de vida que llevamos la mayoría de nosotros es difícil mover conciencias a golpe de datos.

Por eso, “La salud derecho de todos: ¡Actúa!” cuenta con la colaboración de misioneros que a lo largo de las próximas semanas estarán visitando diversas ciudades españolas, para contar su propia convivencia allá donde la salud es un lujo al alcance de muy pocos.

Yo tuve el increíble honor de conocer, durante la presentación de la campaña, a dos verdaderos ángeles: Alicia Vacas y Seble Balcha. Dos almas dedicadas a trabajar por la salud de los olvidados que me dejaron grabadas imágenes dantescas en la cabeza con su relato.

Hoy lo quiero compartir con vosotros y os recomiendo encarecidamente visitar la página web oficial de Manos Unidas y conocerlas a ellas y al resto de los invitados.

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Foto: Marta Carreño

Seble Balcha o como trabajar en un hospital sin recursos

Seble es etíope, pero ha vivido muchos años en Cuba, lugar en el que se licenció en Medicina en 1994. Al finalizar sus estudios volvió a desarrollar su profesión a su país natal, donde trabajó en diversos centros hasta que en 2008 llegó al hospital en el que trabaja actualmente, un lugar que hasta finales del siglo pasado era una leprosería. Aunque, sinceramente, la imagen sórdida y medieval que representé al escuchar su forma de trabajar está muy distante de los modernos hospitales en los que ingresamos los occidentales.

El hospital está organizado gracias a asociaciones y se atiende a 200 o 300 personas al día – dice Seble en un perfecto español-. Hay muy poco personal sanitario y no damos abasto con toda la gente que viene

Además, explica que en Etiopía la asistencia sanitaria la pagan los propios ciudadanos, pero siempre intentan ayudar a los que están gravemente enfermos y no se lo pueden permitir (la mayoría de ellos).

Y por si la falta de personal y el exceso de pacientes no fuera poco, también tienen que lidiar a diario con otra dificultad: la falta de banco de sangre. “Por cultura, nuestra población no dona y los médicos somos quienes tenemos que estar continuamente donando sangre”, asegura Blache con resignación.

Además, se queja de que no tienen ambulancias para transportar a los enfermos y los servicios como la luz, el teléfono o Internet existen, “pero no funcionan”.

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Foto: Irene Hernandez San Juan

Alicia Vacas y el drama en la “tierra de nadie”

Por su parte, Alicia Vacas, misionera comboniana nacida en Valladolid, trabaja con las comunidades beduínas en el desierto de Judea, entre Jerusalén y Jericó y como cooperante con la organización israelí Médicos por los Derechos Humanos, comienza así su relato:

Vengo de Tierra Santa, entre Israel y Palestina. Israel tiene uno de los mejores índices sanitarios del mundo y Palestina, en el contexto de los países árabes, también. Pero en cuanto la asistencia secundaria o terciaria es más complicada

Vacas recuerda que “la salud no es solo ausencia de enfermedades y hay toda una serie de factores que tienen impacto en la salud de la sociedad”.

Hay que situarse pues en esta tierra de nadie donde viven estos pueblo beduínos para entender la marginación a la que se ven envueltos, con la consiguiente lejanía de la asistencia sanitaria.

Viven en la denominada ‘Zona C’, termino que se acuñó tras los Acuerdos de Paz firmados en Oslo entre israelíes y palestinos y donde sólo está permitido construir haimas y barracas, que carecen en su mayoría de luz y de agua.

Por supuesto, en medio del desierto es imposible disponer de los materiales adecuados para tratar a los enfermos, pero llegar a los hospitales de la ciudad a veces es un camino de obstáculos infranqueables. Según Vacas, diariamente se encuentran con “puestos de control permanentes o móviles, montones de tierra que cortan las carreteras y separan los pueblos de las ciudades, cortes de accesos, bloques móviles para controlar los accesos, zanjas y trincheras y vallas”. Además, recuerda que Jerusalén esta dividida por un muro”, con lo que el acceso a los hospitales es a veces imposible.

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Foto: Manos Unidas

 

En otro sentido, Vacas puso sobre la mesa el escalofriante asunto del tráfico de los seres humanos.

La frontera del sur de Israel recibe cada año a un gran número de personas, provenientes sobre todo de países africanos, como Eritrea y Sudán, en busca de asilo. Según la cooperante, cuando llegan son retenidos por las Fuerzas de Defensa israelíes en el Centro de Detención Saharonim.

En palabras de Alicia Vacas “hay personas que llegan cruzando a pie el desierto del Sinaí contando historias terribles de secuestro, torturas, violaciones y esclavitud a manos de las tribus beduinas que tienen montada una red internacional de extorsión que a nadie parece preocupar”.

La misionera asegura que estas personas que llegan a Israel huyendo de sus países en guerra o de la hambruna son captadas por tribus beduinas:

Les torturan y llaman a sus familias para pedir rescates. Hasta nosotros viene gente con signos evidentes de violencia, marcas de disparos, cicatrices mal curadas y señales de torturas y descargadas eléctricas, y también llegan mujeres en avanzado estado de gestación, que han sido violadas y piden que se les practique un aborto